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LUP: El emprendimiento que apuesta por la conversión del plástico en artículos de decoración

LUP fabrica artículos de decoración y mobiliario con una fibra derivada de este material que se mezcla con el tradicional mimbre de Chimbarongo. El objetivo es encontrar una manera de sacarle partido a un elemento que tiene varias cualidades, pero cuyo proceso de degradación es muy lento.

Rafael Salas, Javiera Badilla y Sebastián Santamaría son los socios que conforman LUP.

En un momento en que el uso del plástico está duramente cuestionado a nivel mundial por el impacto que genera en el medioambiente, la inversión en ese material parece una decisión arriesgada. Según los científicos su degradación tarda un mínimo de 100 años, aunque hay cálculos que cifran ese proceso incluso en 10 veces más.

Debido a esto, en varios países se le ha declarado la guerra. Sin ir más lejos, en Chile ya se prohibieron las bolsas plásticas en el comercio y se está avanzando en restaurantes con la eliminación del uso de bombillas. Según estudios internacionales, el 90% de la contaminación de los océanos es por basura plástica, la que actualmente está causando un daño gigantesco en el ecosistema marino.

La empresa chilena LUP, sin embargo, apostó por el plástico como su principal materia prima, a través de la recolección a baja escala y posterior transformación de los residuos en productos de decoración. “Nuestra propuesta es entender el valor del plástico como material, porque al final lo estamos ocupando mal. No se trata de ocupar la menor cantidad de plástico posible o de reciclar la mayor cantidad posible, sino de entender cuál es el mejor uso que se le puede dar a un material que dura cientos de años y que está llegando al medioambiente y haciendo daño”, plantea Rafael Salas, socio fundador de la firma que nació hace dos años y actualmente trabaja con artesanos de Chimbarongo y de San José de la Mariquina para elaborar productos de cestería combinados con el tradicional mimbre.

Esto se logra a través de un proceso de extrusión, donde el plástico se derrite y se convierte en una fibra que en la mayoría de los casos es flexible y moldeable, y que interactúa perfectamente con otros elementos más comunes en la artesanía.

Actualmente reciben los envases plásticos de Freemet, empresa de productos de limpieza sustentables e hipoalergénicos, y el resto lo compran a otras empresas que acopian y procesan el material. “En algunos casos hemos trabajado con otros envases, pero no es lo más óptimo por la calidad y limpieza del material, por eso con Freemet es más sencillo porque ellas se preocupan directamente de ese tema. A veces cuando hay un punto de recolección, la gente entrega directamente y no hay tanto control”, comentan.

De la tesis a los talleres

LUP debe su nombre a una castellanización de la palabra en inglés Loop y fue formada, además de Salas, por Javiera Badilla y Sebastián Santamaría. Los tres son ingenieros comerciales de la Universidad Adolfo Ibáñez y juntos cursaron un magíster de Innovación y Diseño en la misma casa de estudios. Para aprobar el postítulo idearon una tesis que tuvo como objetivo desarrollar la fibra de plástico reciclado para ser ocupado por artesanos o para fabricación a mano.

“Durante estos dos años armamos el modelo de negocio para pasar de la investigación a una empresa. Ahí hemos crecido porque actualmente estamos haciendo talleres sobre el uso de estos materiales, tenemos un canal de venta de productos mobiliarios y de decoración y también podemos vender la fibra. Hemos participado en varias ferias, como Mercado Paula, pero también en eventos como Lollapallooza y se nos han ido abriendo canales de venta, por ejemplo, hace un tiempo con Falabella, aunque la fibra las vendemos principalmente en nuestra página web (www.plasticlup.com)”, explican.

Los talleres referidos han sido realizados en espacios como Casa de Oficios en Santiago. También en Menta y Jengibre Studio, y en La Tallería en Viña del Mar. Le enseñan a público de distintas edades las técnicas de la cestería en mimbre y plástico reciclado. “Dependiendo del plástico que se ocupe varían las propiedades, a veces es brillante u opaca, pero en general es una fibra flexible que se puede utilizar muy bien en cestería, hemos hecho pruebas en textiles. Es un símil de cualquier fibra vegetal. Por eso también llegamos al mimbre en un principio, porque es un material súper representativo y si ahí funcionaba se podía explorar otras técnicas”, destaca Salas.

Reciclaje a escala

Uno de los principales cambios que tratan de impulsar es el del reciclaje a escala con el objetivo de que las propias comunidades vean en qué se convierten sus desechos, sobre todo en un momento en que el tema medioambiental tiene un rol cada vez más relevante en la sociedad.

Respecto a la coyuntura y la suerte de “demonización” del plástico, Salas asume que “es complejo porque no hay una sola variable que lo solucione, lo positivo es que ya es un tema casi país, porque se habla en todos lados. El tema es cómo lo resolvemos y lo que tratamos de hacer nosotros es que entendemos que al reciclar a escala no estamos resolviendo el tema del plástico, pero sí nos dimos cuenta de que la transformación de los objetos se convierten en un súper buen vehículo de concientización e información, porque la gente ve en qué se transforma el objeto que reciclaba y si bien el reciclaje no es el objetivo final, sí es parte importante de darnos cuenta de los materiales que ocupamos y que cuando los botamos no desaparecen y eso parece un cambio más difícil de entender”.

Pero indudablemente el mayor atractivo de su trabajo es la colaboración que realizan con artesanos. “Nuestro modelo actual es ir a visitarlos para presentarles la fibra y que ellos la conozcan. Hasta el momento hemos replicado algunas cosas que ellos ya hacen y lo que estamos empezando a hacer ahora es diseñar colecciones para desarrollar junto a ellos. Ellos nos dan el feedback de qué es más fácil de hacer. Después esos objetos los vendemos nosotros, pero la idea es abrirles los canales de comercialización a ellos. Estamos cerrando el modelo de negocio, pero ya validamos que se pueden hacer productos, que se están vendiendo. Es un poco como ir eliminando los intermediarios. Por ahora les entregamos el material para que puedan trabajar y establecer un flujo de compra”, explican.

“Entendemos que al reciclar a escala no estamos resolviendo el tema del plástico, pero sí nos dimos cuenta de que la transformación de los objetos se convierten en un súper buen vehículo de concientización e información”.

Rafael Salas, socio fundador de Lup.

En materia de financiamiento, LUP cuenta con el apoyo de dos fondos de Corfo y se prepara para optar a la certificación Empresa B para aquellos emprendimientos responsables ambiental y socialmente, y además prontamente debieran conformar de la Comunidad Basura Cero, quienes evalúan los propósitos sustentables de las empresas.

Respecto de la proyección de la empresa, añaden que la idea es seguir en el desarrollo de mobiliario y proyectos de decoración para lo que actualmente están trabajando con algunos restaurantes, y están en la búsqueda de más comunidades para mostrar el material y, de paso, replicar el sistema de reciclaje a baja escala. “En el fondo nosotros valorizamos los residuos plásticos sin necesidad de buscar mucho volumen. Generalmente las cadenas de reciclaje dependen de mover mucho volumen siempre. La gracia es que se puede valorizar el material y al mismo tiempo concientizar sobre su consumo sin tener que trabajar con tanto volumen sino a escala humana en procesos industriales”, destaca Salas.

Una de las principales ventajas del trabajo con artesanos ha sido aprovechar la sabiduría de un proceso que ha sobrevivido por años. “La producción artesanal o más tradicional es súper consciente de los materiales que tiene disponibles. Los artesanos saben que un cierto tipo de fibra está disponible en cierta época, y que si se agota no se puede volver a plantar. Entonces la actividad se desarrolla en base a lo que está disponible, que es distinto a lo que se realiza en el modelo más industrial, donde se transforma el entorno para conseguir más y más. Entonces, desde lo que hacemos, tratamos de acercar estos dos mundos. No es que se tenga que reemplazar uno por el otro, pero sí ver qué podemos aprender de esta forma de producción a menor escala que ocupa y entiende el material de otra forma para avanzar hacia soluciones realmente sostenibles hacia el futuro. No es solo prohibir o que aparezcan leyes. Es bueno que estén porque es un llamado de atención, pero no se va a solucionar solo con eso”, cierran.