Consumo y Producción / Opinión / Especial Ley de Reciclaje

El aporte de la técnica para un país circular

“Hoy parece ya una obviedad la preocupación sobre los residuos, pero pocos se acuerdan que hace diez años la protección medioambiental se circunscribía básicamente a la contaminación del aire y agua, algo de suelo y la protección de la flora y fauna, más nuestro conocido Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental. De residuos poco, o casi nada y la mayoría del asunto se abordada desde una perspectiva sanitaria”

Cuando iniciamos el diseño y la tramitación de la Ley REP, sabíamos que el desafío era grande y relevante, pero no podíamos siquiera suponer el enorme impacto que desde su tramitación y promulgación tendría en nuestro país. La cara del reciclaje ha cambiado en Chile, muy rápido.

Hoy parece ya una obviedad la preocupación sobre los residuos, pero pocos se acuerdan que hace diez años la protección medioambiental se circunscribía básicamente a la contaminación del aire y agua, algo de suelo y la protección de la flora y fauna, más nuestro conocido Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental. De residuos poco, o casi nada y la mayoría del asunto se abordada desde una perspectiva sanitaria.

Con todo, la REP tuvo la capacidad de partir desde muy atrás y convertirse en la primera Ley en Chile en proteger el Medio Ambiente de una manera sustantiva y no meramente estructural.

Hoy la Ley de Fomento al Reciclaje es una realidad, el MMA ha asumido el desafío y ha decidido cumplir en plazos sumamente breves con la dictación de las Metas de Valorización. El impacto de estos reglamentos tiene una buena probabilidad modificar completamente el manejo de residuos en el país. De todos el más relevante en términos del impacto en la ciudadanía es el recientemente aprobado proyecto de Metas para los Envases y Embalajes. Pero aun hay tareas pendientes como la elaboración de un Decreto orientado a prevenir la generación de residuos alimentarios, lo cual no solo se encuentra más arriba en la pirámide del manejo de residuos, si no que además podría contribuir con el problema del calentamiento global de una manera relevante. En el mundo de los residuos aquel que mayor impacto tienen en la generación de Co2 son los residuos alimentarios y si bien hoy hay soluciones locales como el compostaje o la inminente irrupción tecnológica de la biodigestión, salvo iniciativas municipales, a nivel público hay muy poco.

De esta manera el contexto actual es uno nuevo y esperanzador. Sin siquiera contar con un decreto para regular la valorización de los envases y embalajes hemos tenido una vorágine de medidas asociadas a su manejo adecuado. Sea desde las iniciativas asociadas al pacto por los plásticos, la fuerte introducción de las metas Zero Waste – sobre todo desde el mundo privado – poniéndonos al nivel del mejor estándar internacional, como asimismo al esfuerzo público con la ley de bolsas plásticas, la iniciativa orientada a prohibir los plásticos de un solo uso, los acuerdos de producción limpia, iniciativas municipales, suma y sigue.

Sin perjuicio de las dificultades por las que pasamos en la actualidad, se podría asumir que el futuro se ve auspicioso en términos de reducir la generación de residuos y aumentar la valorización, entrando por fin en el circuito de la economía circular. Los niños ya lo tienen claro y sumamente integrado, la educación tan fundamental en estas materias pareciera estar dando sus primeros frutos sea por osmosis o por planes afinados, al parecer ese resultado ya está aquí.

Pero a algunos nos toca poner los pies en la tierra y subrayar y advertir los riesgos que nos presenta el escenario actual de la Economía Circular en Chile.

En términos muy generales la regulación de cualquier materia puede responder a dos perspectivas, la primera podríamos llamarla la perspectiva técnica. Es decir, regular ocupando la información objetiva disponible y aplicar al problema diagnosticado una solución previamente usada en contextos similares, o una solución nueva cuyo pero fundada técnicamente. La segunda, una perspectiva que podríamos llamar política o coyuntural, en esta el problema se delinea a partir de un “clamor popular”. No importa que este sea poco mayoritario, sino que se perciba como la realidad. Como sabemos, a veces un grupo de voceros bien empoderados tienen la potencialidad cierta de definir la realidad. La de pocos, por sobre muchos, o bien la subjetiva por sobre, la objetiva. Sí, hay realidad.

La descripción tan general de estas dos perspectivas no tiene porque ser identificada con que una sea correcta y la otra no. Si no más bien la idea es presentar que el resultado viene dado por la reflexión a la cual responda. El punto de la partida es determinante. Entonces, la pregunta que nos tenemos que hacer quienes hemos sido reguladores, y también quienes apoyamos al mundo privado a promover regulación, o a adoptar una regulación es ¿estamos resolviendo un problema real, objetivo al cual hemos arribado con información contrastada, e intentamos resolver siguiendo modelos internacionales que han tenido éxito, ajustando sus características a la realidad nacional? O bien ¿estamos levantando un problema “escuchando a una ciudadanía” – que verdaderamente no ha sido consultada – creando soluciones que “hacen sentido” aun cuando esto no pueda ser verificado, y pese a que la data nacional e internacional parezca indicar que para el resultado querido el instrumento es otro?

Felizmente para todos, el camino que siguió la Ley REP fue el primero, el aporte de expertos internacionales, un equipo de trabajo liderado y orientado a recabar experiencia comparada e información objetiva de la realidad local, con el suficiente criterio para ajustar lo que podría funcionar bien en Europa a lo que puede funcionar bien en Chile y un Congreso que percibiendo que el tema era importante pero aun no público, ni masivamente ciudadano, se allanó a seguir la opinión experta en lugar de permitir que desde la trinchera ideológica se dañara el instrumento. Un dato, esta es una ley que fue aprobada prácticamente en todas sus partes por la unanimidad de los congresistas.

A su vez, ha sido este enfoque el que ha permitido al MMA trabajar con prisa en la búsqueda de la solución adecuada, y real al desafío de la implementación de la REP. Aun cuando esta clase de avance pueda ser sumamente criticable, tal como me lo hizo ver en un foro latinoamericano sobre la materia el Diputado Melo, cuando me llamo “tecnócrata”, la resolución de problemas, con información técnica parece aun ser el paso correcto en materia medioambiental. Ello no implica dejar de ver el aspecto social, ni eliminar la coyuntura, se deben hacer concesiones, los modelos se pueden flexibilizar y sin duda las necesidades de la sociedad deben ser sopesadas e integradas en el “modelo” o “instrumento” lo que en la REP sucede de manera muy especial en relación a la integración de los Recicladores de Base, y su estímulo a la participación en la economía verde.

Aun así, el optimista horizonte tiene nubes, y varias. Es muy fácil, ahora que el tema está en boga, los diarios lo publican, la gente lo pide, caer en el “populismo regulatorio” e intentar satisfacer ese “clamor” dando lo que se pide, independiente del resultado de la solución. Los ejemplos de cómo este riesgo se han verificado en Chile no son pocos, y podrían seguir argumentando si no se asume tanto por el sector público como el privado un liderazgo real, capaz de definir el problema y plantear una solución de manera técnica.

De esta manera, los riesgos asociados a una regulación que renuncia a diagnosticar el problema son muy elevados, tanto porque no estaremos solucionando un problema real, como por el hecho de que podríamos aumentar la frustración de la ciudadana que motivada por su interés genuino de proteger el medioambiente se acopla a una regulación o a métodos que pueden, sin que puedan saberlo en un principio, terminar afectando el medioambiente. Dos ejemplos permiten entender mejor estos riesgos, por un lado, la abundancia de logos o sellos “biodegradable”, “compostable” “orgánico” “etc. y por el otro, la tan conocida y popular prohibición del uso de bolsas plásticas.

En relación al primer riesgo, es necesario establecer a nivel normativo qué se entenderá por biodegradable, compostable, y otras categorías relevantes. En países como España el uso de índices de reciclabilidad voluntarias han generado que productos que tienen una reciclabilidad de hasta el 90% no sean presentados al consumidor como tales, por el sólo hecho de que el competidor, que no se ha sometido a ningún tipo de evaluación, declara que sus productos son 100% reciclables. Así, la regulación objetiva y obligatoria podría generar una disminución del fenómeno “greenwashing” y una mayor efectividad del ecodiseño. El segundo elemento, la definición de qué es compostable, por ejemplo, no debe hacerse desde el laboratorio, si no desde la perspectiva práctica, contestando a la pregunta de si acaso ciertamente esa bolsa puede ser compostada, tanto desde la perspectiva del diseño, uso, recolección, tratamiento y valorización. El cuidado del medio ambiente no se consigue con la potencialidad de ser reciclable, se consigue reciclando, compostando, valorizando y reutilizando.

Justamente es en este punto en donde la lógica de la Ley de Bolsas falla. No se ha dejado de usar bolsas, se ha reemplazado el material. Sin entrar en el análisis comparativo del ciclo de vida de las bolsas plásticas y sus sustitutos, pregunta que dicha ley tampoco aborda, tenemos que la cantidad de toneladas de residuos está aumentando considerablemente gracias a una ley cuyo propósito es precisamente disminuirlo. Como bien sabemos, la bolsa camiseta era por excelencia en muchos hogares chilenos la bolsa de basura. Ahora no solo se necesita una bolsa de plástico para la basura, ahora además tenemos una bolsa de papel y/o una orgánica, o biodegradable. Todo el despacho a domicilio, tan en boga en estos días tiene este problema, y aun cuando decrezca cuando esta situación haya concluido, el delivery irá en aumento como conducta de consumo. Sino es una bolsa, será una caja de cartón, que mejor no lo hace. Así, tenemos una ley que suena muy bien y funciona bastante mal. Si toda la ciudadanía estuviese educada en estos temas, podríamos imaginar que cada bolsa reutilizable es verdaderamente reutilizada, pero eso no está sucediendo, y las toneladas del material con el cual se han remplazado las bolsas plásticas se está, en términos generales, acumulando y no valorizando. No es una defensa del plástico, si no de regular toda la cadena desde el diseño hasta la generación del residuo.

Estos dos breves ejemplos planteados de un modo muy general, son elementos que no podemos dejar de ver. La receta para solucionarlo es una, no dejar de evaluar la protección al medio ambiente y especialmente la prevención en la generación de residuos y la economía circular desde la fría perspectiva técnica, integrando en ese escenario las coyunturas sociales, o políticas que sean necesarias. No hacerlo no será gratis, la pérdida de credibilidad en todo lo que hemos venido construyendo puede estar a la vuelta de la esquina, si nos embobamos con sloganes que carecen de sustento técnico, y con ello pretendemos avanzar aún más rápido que quienes nos llevan más de dos décadas de ventaja, podemos tropezarnos sin quererlo.

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