Agenda 2030 / COP25

A utilizar el “momentum” para pensar más allá de la COP25: en el país que queremos en los tiempos del cambio climático

“A aplaudir y aprovechar esta conmoción ambiental causada por la celebración de esta COP en nuestro país, porque aunque en ella no se va a hablar ni discutir en específico de Chile y su política climática, excepto las referencias argumentales a ella que como Presidencia del encuentro deseáramos expresar, sí esta conmoción ambiental nacional, que alcanza también otros ámbitos más allá de las especificidades de esta alteración climática y sus impactos, da para juzgar que el “horno está para bollos”, y es entonces un tiempo propicio para acelerar el tranco y empezar a pensar en grande: ¿Por qué no, sumando a lo ya realizado, acometer el diseño de una estrategia de largo plazo para alcanzar un bienestar sostenible para nuestra nación, que integre apropiadamente la experiencia que la práctica de las naciones en búsquedas similares nos enseña en este último medio siglo?”

La COP25, el mega evento climático que hospedaremos desde la última semana de noviembre de este año, ha opacado la visibilidad de otro magno encuentro de alta importancia tanto para la economía mundial como nacional del cual también seremos anfitrión y que finalizará sus trabajos en los días previos.Me refiero a la reunión anual de la APEC, el principal foro para promover el crecimiento, la cooperación técnica y económica, la facilitación y la liberalización del comercio y las inversiones en la región Asia Pacífico. Estamos hablando nada menos que de una instancia que adopta decisiones sobre un mercado que, con sus21 miembros, representan el 54% del PIB mundial y el 44% de comercio mundial.

La COP25 se ha” tomado” los titulares de la prensa (en papel y electrónica) y, en general, de todo medio de comunicación, como espacios de opinión y conversaciones en radioemisoras, “matinales” en la TV, plataformas digitales y redes sociales.Hoy es también motivo de las más diversas campañas, emprendimientos y promociones, lo que, ciertamente, continuará ocurriendo con aún mayor intensidad en los próximos meses y hasta diciembre, alcanzando seguramente también otras esferas comunicacionales con propósitos propagandísticos de iniciativas de todo tipo relacionadas, algunas de ellas, difícilmente con el tema. Así las cosas, no sería extraño que tuviéramos próximamente, incluso, una invitación a la fonda “La COP25”

Lo notable del hecho, más allá de que los autores de estas decenas de opiniones y acciones, con encabezados originales tal como “Jurel y COP25”, para mencionar uno que me llamó mucho la atención, tengan o no algún conocimiento sobre que es una COP y lo que se puede esperar de ella en el marco de propósitos y tareas específicas de un evento de esta naturaleza, es que la progresiva toma de conciencia de la relevancia del cambio climático para la vida de nuestras naciones y la de sus habitantes, en todas sus dimensiones, incentivada por la realización de esta reunión  en el marco de nuestras fronteras, ha motivado a expresar y vincular, en casos de maneras muy ingeniosas, preocupaciones e intereses -sean estos  políticos,ideológicos, sociales, medioambientales, de género, de negocios u otros- con esta  alteración ambiental que estamos experimentando larvadamente desde décadas, pero que en la actualidad comienza a expresarse y afectarnos visiblemente -como está previsto todavía de forma tímida, pero más rápidamente que lo modelado.

Y lo califico de notable porque en este “calentamiento ambiental que ha producido la COP25”, en las palabras de un distinguido dirigente empresarial chileno, estos ejercicios de vinculación de temas y de propuestas  y decálogos para superar nuestras precariedades en materia de políticas ambientales, nos está permitiendo, al fin, poner término a un largo período de desatención a las urgencias que resultan de una cabal comprensión de ya antiguas preocupaciones de las naciones acerca de los límites que nos impone la fragilidad planetaria y las modalidades de búsqueda del bienestar de sus habitantes.

Ellas fueron anunciadas por vez primera hace casi medio siglo, en 1972, en el informe Meadowsdel Club de Roma sobre las consecuencias para los sistemas económicos y ecológicos de un crecimiento económico e intervenciones en los ecosistemas ilimitado. Fueron reafirmadas en 1987, en el informe Brundtland “Nuestro futuro común” de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y Desarrollo de Naciones Unidas, que definió por primera vez el concepto de “desarrollo sostenible” en sus tres dimensiones: económica, social y ambiental desde una perspectiva solidaria. Reiteradas con meridiana claridad en 1992, en la Cumbre de la Tierra de Naciones Unidas en Río de Janeiro, en el principal resultado obtenido en ella, la Agenda 21, en el que se define una estrategia general de desarrollo sostenible para el mundo, haciendo hincapié en las relaciones entre los países desarrollados y los que están en vías de desarrollo para poder lograr tales propósitos.

“En estos años, ha habido en nuestro país importantes avances en estas comprensiones, gracias a una importantísima, incansable y encomiable labor de muchas personalidades del mundo de las organizaciones no gubernamentales del país y extranjeras, a las que se han ido sumado, paulatinamente, un significativo e importante accionar de centros de reflexión académica, de investigación científica y de asociaciones del mundo económico privado”

Y recientemente llevada al más alto nivel de compromiso, en la 70ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, el 25 de septiembre de 2015, cuando 160 jefes de Estado y Gobierno adoptaron un conjunto de 17 objetivos globalespara erradicar la pobreza, proteger el planeta y asegurar la prosperidad para todos como parte de una nueva agenda de desarrollo sostenible a ser implementada entre el 2016 y el 2030.

Hago este breve recuento histórico, pero por supuesto hay más hitos que se podrían mencionar ilustrando los avances habidos en estos años  en la comprensión por las naciones de la importancia para nuestras vidas de esta suerte de red neuronal que interrelacionan los ecosistemas terrestres, solo para recordar que estamos atrasados en la tarea de incorporar apropiadamente estos conocimientos, aprendizajes y recomendaciones al imaginario sobre el bienestar personal que buscamos lograr y, particularmente, en la construcción de nuestras políticas de desarrollo como nación para poder proveer esos beneficios  a nuestros compatriotas.

Y digo atrasados porque, en estos años, ha habido en nuestro país importantes avances en estas comprensiones, gracias a una importantísima, incansable y encomiable labor de muchas personalidades del mundo de las organizaciones no gubernamentales del país y extranjeras, a las que se han ido sumado, paulatinamente, un significativo e importante accionar de centros de reflexión académica, de investigación científica y de asociaciones del mundo económico privado.

Destaco también en este andar el establecimiento de instituciones estatales y de programas gubernamentales con cometidos específicos sobre estos temas, distinguiéndose la incorporación en tiempos muy, pero muy recientes, de aquellas donde reside la gobernabilidad de las políticas de desarrollo nacional, y que con sus importantes resultados agregados han ido sentando las bases para prácticas, políticas y promulgaciones de legislaciones iniciales funcionales a esta toma de conciencia.

Pero, igualmente, aún todos esos progresos distan de tener la “densidad” y proveer la “profundidad” para que en esas aguas pueda navegar una estructura del calado que requiere una política integral de desarrollo sustentable para nuestra nación.

Entonces, a aplaudir y aprovechar esta conmoción ambiental causada por la celebración de esta COP en nuestro país, porque aunque en ella no se va a hablar ni discutir en específico de Chile y su política climática, excepto las referencias argumentales a ella que como Presidencia del encuentro deseáramos expresar, sí que, en mi opinión, hoy esta conmoción ambiental nacional, que alcanza también otros ámbitos más allá de las especificidades de esta alteración climática y sus impactos, da para juzgar que el “horno está para bollos”, y es entonces un tiempo propicio para acelerar el tranco y empezar a pensar en grande: ¿Por qué no, sumando a lo ya realizado, acometer el diseño de una estrategia de largo plazo para alcanzar un bienestar sostenible para nuestra nación, que integre apropiadamente la experiencia que la práctica de las naciones en búsquedas similares nos enseña en este último medio siglo?

Si así fuera, deberíamos iniciar la tarea concordando sobre una visión del país en que desearíamos vivir en los años venideros, el que brinde a todos el bienestar por el que se esfuerzan cada día sus habitantes y que asegure su sostenibilidad dando adecuada respuesta, al menos, a las 17 consideraciones que se han identificados como mínimas para estos propósitos, como hemos reconocido endosándolas en el marco de nuestra membrecía a Naciones Unidas. Esto es, comenzar definiendo el “norte”.

Segundo, empezar y progresar en la identificación de políticas, medidas y regulaciones que nos permitirían avanzar en su logro, entendiendo que, aunque esas tareas serían encabezadas y guiadas por los gobiernos de turno, presentes y futuros, ellas no lo posibilitarán, por más bien pensadas, redactadas y aprobadas por los ministerios y/o consagradas por las legislaturas nacionales pertinentes que puedan ser, si no son concordadas y funcionales a los intereses de los ciudadanos de este país.  Esto es, si no somos capaces de hacer participar activamente (con mayúscula) en este proceso a las organizaciones representativas de los actores del entramado social, científico, cultural y económico, ejecutores en la práctica diaria de las acciones que se acometen en la búsqueda del progreso de nuestra nación.

“Sin un ideario claro sobre este objetivo compartido mayoritariamente, si no existen los convencimientos mínimos de su valor y necesidad, sino se enraíza en los actores individuales o sus agrupaciones el valor para sus respectivos intereses de que él exista, y que para ellos deberán revisar y ajustar sus conductas, no hay bases para imaginar comportamientos sostenibles en el tiempo y un progreso nacional con estas características”

Sin un ideario claro sobre este objetivo compartido mayoritariamente, si no existen los convencimientos mínimos de su valor y necesidad, sino se enraíza en los actores individuales o sus agrupaciones el valor para sus respectivos intereses de que él exista, y que para ellos deberán revisar y ajustar sus conductas, no hay bases para imaginar comportamientos sostenibles en el tiempo y un progreso nacional con estas características.

¿Mucho pedir? Puede ser, pero como siempre, para enfrentar los desafíos mi actitud es optimista y me interpreta una de las consignas del París del 68: “seamos realistas, pidamos lo imposible”. Entonces, mi respuesta personal es NO.

Tampoco es la primera vez que sostendré el convencimiento en mi respuesta recurriendo a un ejercicio realizado al interior de nuestras fronteras, recientemente, y que condujo a lo que se conoce como “Hoja de Ruta 2050: Hacia una Energía Sustentable e Inclusiva para Chile”. Resultado de un ejercicio ampliamente participativo que, indicando un rumbo consensuado con los actores del sector, no solo le facilitó la gestión al ministro que lo encargó y recibió hace cuatro años, sino también a los que le han sucedido.

Puede que sea solo un ejercicio acotado a un sector particular de la economía, pero es un excelente ejemplo y modelo exitoso para seguir, obviamente que perfectible, para acometer el tipo de desafíos de la primera de la tarea que planteo. Pero hasta allí la ayuda, porque la parte realmente dificultosa de la tarea es que el objetivo a alcanzar no es el resultado de la simple suma de reflexiones consensuadas pero logradas bajo un esquema de sectores compartimentalizados, acorde con una estructura organizacional tradicional de la administración del Estado.

Visiones de futuro por sectores, que no “conversen” activamente durante su construcción, no tomarán en cuenta apropiadamente las interrelaciones entre ellos y que son esenciales para tomar en consideración los elementos de sostenibilidad a que nos hemos referido. Pero no es mi intención aquí argumentar sobre la mejor modalidad para lograrlo, sino solo el resaltar la necesidad de esta compatibilización de las visiones sectoriales para que lleguen a ser un todo armónico y posible.

Sin embargo, para que estas tareas propuestas, encabezadas eventualmente por el Ministerio Secretaría General de la Presidencia, porque es un actuar comprendido en su misión y permite evitar disputas por roles de competencias entre los ministerios sectoriales, pudieran  ser finalmente llevadas a cabo, también es requerido y fundamental que el activismo alcanzado en estos días por las organizaciones ciudadanas sobre estos temas, primero, se estabilice a los niveles alcanzados y aumente en los  tiempo futuros; segundo, que incrementen su pro acción en las demandas para superar esta suerte de “déficit atencional” que hemos tenido para con las urgencias de las consideraciones sobre sostenibilidad del crecimiento de nuestra nación;  y tercero, que cuando sea la oportunidad, participen propositivamente en las tareas requeridas para hacer posible un pensamiento sobre ese desarrollo sostenible en un mundo futuro pleno de innovaciones.

“En el marco de un modelo económico que otorga al gobierno un rol subsidiario, no veo razones para justificar pasividad propositiva de las organizaciones empresariales, y un actuar solo reactivo en materias de la trascendencia de las que estamos hablando para la viabilidad de sus negocios en el futuro. No solo el lejano, sino también en el muy próximo”

Esto es especialmente requerido de parte de las organizaciones empresariales. El rédito a las contribuciones monetarias a que han sido llamados por el gobierno para posibilitar la realización de la COP25 no puede acotarse a espacios de participación en la zona azul y/o verde del Parque Cerrillos. En el marco de lo que he propuesto anteriormente, o en cualquier otro modelo que pueda imaginarse para enfrentar los desafíos del desarrollo en el mundo actual, tienen -no estoy diciendo nada nuevo- un papel fundamental que jugar, porque como usualmente se dice, “si bien el dinero no hace la felicidad, ayuda”. Entonces, el comportamiento empresarial, el de los actores principales en la generación de los recursos financieros que oxigenan la economía nacional, es crucial para el otorgamiento de sostenibilidad a los beneficios que se precian que producen.

Más aún,  si estas organizaciones han entendido que las referencias recurrentes en la actualidad a una “economía verde” en el lenguaje y escritos de los ideólogos y centros de pensamiento y de decisiones del  sistema financiero mundial, con un organismo de Naciones Unidas liderándolo, no es una denominación tomada prestada del mundo de las organizaciones ambientalistas, sino que su acuñamiento es el resultado de la profunda conmoción  que produjo la  última crisis financiera del 2008, y la necesidad que se tuvo de repensar los caminos para darle sostenibilidad al mundo de la inversiones, no se podría esperar de ellas más que vanguardismo en estos ejercicios propuestos u otros con propósitos similares.

En el marco de un modelo económico que otorga al gobierno un rol subsidiario, no veo razones para justificar pasividad propositiva de las organizaciones empresariales, y un actuar solo reactivo en materias de la trascendencia de las que estamos hablando para la viabilidad de sus negocios en el futuro. No solo el lejano, sino también en el muy próximo. Su participación en la realización de COP les debe servir también para incentivarlos a ajustar prontamente el diseño de sus estrategias futuras a los nuevos tiempos y sus consideraciones de sostenibilidad planetaria y plantear, si son requeridas, en forma activa, las consecuentes demandas al gobierno para permitir y/o facilitar sus realizaciones.

En fin, escribo estas reflexiones advirtiendo de que además de que no tienen por qué ser leídas como “la receta” a seguir, solo lo he hecho inducido también por el momento que vivimos, para provocar una conversación sobre  la sostenibilidad de nuestro futuro como nación  y  contribuir, de paso, a evitar la ocurrencia de un escenario próximo de mi alta preocupación: el haberse desaprovechado la oportunidad de este momento único y suceda que, cuando “caiga el telón” el próximo 17 de diciembre,  nos veamos  corriendo apresurados a comprar los regalos de navidad, “deber” que tendremos seguramente retrasado, para luego dirigirnos a disfrutar de lo que consideramos un merecido descanso por el esfuerzo realizado, en un verano seguramente más caliente que los habituales, y luego continuemos en nuestras labores cotidianas en espera de un próximo “eclipse” para volver a agitarnos.

Permítanme por último resumir estas reflexiones, que se han extendido más allá de lo inicialmente pensado, reiterando que, al menos en mi opinión, la gran tarea, una grande, a que nos invita el momento creado por esta COP 25,  es comenzar  a reflexionar, a programar e implementar, para responder a las necesidades y legítimas demandas, aspiraciones y premuras de la “señora Juanita”, su familia y la de sus descendientes, en el marco de las urgencias en el actuar que nos reclaman las 17 mínimas consideraciones a tener en cuenta, para que esas respuestas no sean efímeras.

Un actuar que nos permitirá hacernos cargo, también, de las solicitudes que para una ellas, la 13ava, nos recuerda en su urgencia en estos días, con justificada estridencia, la señorita Greta y seguidores y cuyas respuestas debemos apresurar y continuar mejorando en el marco de las responsabilidades que como Presidencia de la COP25 nos corresponde.

* José Eduardo Sanhueza es consultor de la División de Desarrollo Sostenible y Asentamientos Humanos de Cepal, Investigador Asociado al Centro iUAI Earth, Universidad Adolfo Ibáñez, y asesor del equipo de negociación en temas de Mercados de Carbono de la Presidencia de la COP25.