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Ropa upcycling: el emprendimiento que convierte residuos textiles y botellas de plástico en prendas de alta calidad

Hilana y La Palma Eco Beachwear son las marcas textiles sustentables que fundaron dos emprendedoras chilenas, que hoy se pueden encontrar en varios puntos de venta y que ya arribaron a Amazon. De acuerdo a sus cálculos, en la primera producción de Hilana reciclaron 1.295,16 kilos de residuos de algodón (retazos de producción),con su primera colección de trajes de baño reciclaron 1.962 kilos de botellas plásticas.

“La columna vertebral de nuestros emprendimientos es el upcycling, porque le das una nueva dignidad a los residuos. Cuando dejas de usar una polera y la comienzas a utilizar como trapero le estás dando otro ciclo de vida, no superior al previo. Cuando te tomas una botella de agua, la mayoría de las veces se bota a la basura, a no ser que la conviertas en macetero para un cactus. Pero esto es distinto, es upcycling porque a los residuos les das una nueva dignidad. Ahora lo que tenemos que tratar de hacer en adelante es trabajar siempre bajo esa premisa. Productos para la vida diaria, de uso cotidiano, que mejoren de cierta manera tu calidad de vida y que tengan un propósito”.

Así define Francisca Sánchez, diseñadora gráfica de la UC, la idea central que impulsa a los dos emprendimientos en que está involucrada junto a Pía Aspillaga, diseñadora de vestuario de DUOC UC, y cuya historia conjuga esfuerzo personal y una pizca de suerte para conectar con las personas precisas en el momento exacto, lo que las ha llevado a vincularse con productores textiles en México y Turquía para el desarrollo de productos altamente innovadores y comprometidos con el medio ambiente.

Hilana es la primera marca que lanzaron en 2016, pero que comenzó a cuajar en 2017 y la concreción del negocio, como muchas grandes ideas, fue casi de casualidad. Francisca tenía un negocio de importación de toallas turcas desde hace varios años, pero a fines de 2016 su socia Pía, quien por ese entonces vivía en Colombia, viajó a Rusia y ahí conoció a una familia mexicana dedicada a los temas textiles.

“Hicieron buenas migas. Mi socia porque es diseñadora, y su nueva amiga mexicana porque su hermano se ganó un premio de innovación textil en Bélgica. Apenas mi amiga se fue de Colombia, se instaló en México y fue a conocer la fábrica de esta familia”, cuenta Francisca Sánchez.

Así llegó a Tlaxcala, un pueblo ubicado a 150 kilómetros de Ciudad de México, y conoció la planta que tenía todo armado para el reciclaje de textil y una hilandería, lo que facilitaba la confección porque se podía tejer ahí mismo.

“Ellas tenían la capacidad para reciclar poliéster, lana y algodón. Nosotros nos quedamos con la parte de algodón y ahí empezamos a ver el modelo de replicar las toallas turcas que yo vendía, pero hechas de algodón regenerado. Entonces se toman todos los residuos de postproducción de camisetas, pantalones, lo que sea, se separa por color y se vuelve a moler. Ese molido se mezcla con un poco de algodón natural. Dependiendo de la suavidad que se requiera se determina qué cantidad de algodón natural, y el algodón regenerado es muy resistente así que es una buena combinación. La gracia que tenemos es que no usamos ningún químico, es un proceso 100% limpio, porque nos quedamos con el color base”, explica Sánchez respecto a los primeros pasos sustentables que comenzó a dar Hilana.

Trabajar con la basura

Con la empresa andando los resultados comenzaron a ser positivos y surgió la necesidad de crecer, pero se toparon con que la fábrica mexicana no daba abasto, así que decidieron explorar el mercado turco y contactar al anterior proveedor de toallas que tenía Francisca en ese país para explicarle este nuevo negocio, que ya no consistía en vender las toallas tradicionales, sino en innovar utilizando los retazos.

“Al principio a nuestro proveedor no le gustó la idea de trabajar con los retazos, porque no entendía por qué tenían que trabajar con lo que ellos consideraban basura, si tenían un algodón de muy buena calidad. Y más que trabajo para lograr el prototipo, lo difícil fue lograr que se embarcaran en trabajar con ‘basura’ y que ellos contactaran a sus proveedores para hacer toallas con este material ya utilizado. Pero fue un buen ejercicio para ellos, porque les permitió ver que para allá va la tendencia”, dice Francisca.

El resto fue medianamente rápido. Encontraron tres proveedores de material. Y así, en Turquía se completa el círculo, porque recolectan los retazos, se muelen e hilan y los tejen. Una de las preocupaciones eran las condiciones laborales de quienes fabricaban las toallas, pero los temores se disiparon rápidamente.

“Uno de mis principales miedos era que en Turquía la gente estuviera tejiendo toda apretada en galpones, pero allá no se utiliza ese formato y, por el contrario, la gente trabaja en sus casas. Mi proveedor les asigna los telares y ellas se comprometen a una producción mensual, pero desde sus casas. Es una actividad familiar, muy tradicional, está muy arraigada, al punto de que tienen denominación de origen. Ellos trabajan muy bien, honran su palabra. De hecho, tienen que estar certificados para enseñar a tejer a otra gente. Esta es una familia de tejedores. Nos invitaron a comer a su casa, nadie hablaba turco, nadie hablaba bien inglés. Tenemos una muy buena onda con este clan, que es una empresa familiar”, explica Francisca.

Respecto a los temas logísticos y de comercialización, los productos son traídos vía aérea “porque el volúmen es poco. Esto es como una tela inteligente, porque al verla uno se da cuenta de que pesa muy poco y en una caja caben 50 unidades. En virtud del tiempo, y porque toda la gente te pide las cosas como si fueran para ayer, traemos en avión. Tenemos un convenio con UPS, empresa que además está súper comprometida con la huella de carbono, porque nos hemos preocupado de que la cadena productiva sea coherente. Incluso el reciclador de algodones está certificado”, comenta la dueña de Hilana, que cuenta con la certificación de Empresa B.

Trajes de baño de plástico

Con este camino recorrido, incursionar en otra línea de negocios fue un paso lógico. Aprovechando la cercanía de Pía con Colombia, conocieron el trabajo de una empresa textil colombiana que estaba en la disyuntiva de reinventarse o morir debido a la feroz competencia china. Y así llegaron a conocer la ropa hecha de plástico.

“Actualmente ellos son la única empresa en Latinoamérica que recicla la tapa de la botella. Ellos empezaron a desarrollar las telas de corte deportivo porque tienen una textura como la de los cortavientos o de los trajes de baño, camisetas de running. Y nos decidimos por una colección de trajes de baño de hombre. Este trabajo es genial porque por cada traje de baño se reciclan 10 botellas plásticas. El proceso implica lavar las botellas, pulverizarlas y el chipeo se convierte en filamento, y de acuerdo al diámetro de ese filamento es el tipo de tela que se puede tejer”.

“La gente no dimensiona la cantidad de agua que se usa para la confección de ropa, porque son los tintes y los fijadores los que liquidan el agua que se usa, porque no se puede recuperar de ninguna manera”

Francisca Sánchez, co-fundadora de Hilana y La Palma Eco Beachwear.

El primer envío llegó a Chile en diciembre de 2018 bajo la marca La Palma Eco Beachwear, paralela a Hilana y que es la segunda incursión de estas emprendedoras en la industria textil.

La proyección de ambos negocios es potente. En Chile ya están en varios hoteles de San Pedro de Atacama y sus productos se pueden comprar de manera directa en sus redes sociales o en tiendas online como Depto51 o Aires de Mar, y están prontas a inaugurar su propio e-commerce.

“Actualmente, con Hilana estamos tratando de posicionar la marca, estamos trabajando con una empresa de relaciones públicas, con influencers, muy metidos en temas outdoor, conciencia medioambiental, amigable con las comunidades y queremos fortalecer la parte de retail para La Palma y tratar de terminar la línea de ropa a través de alguna alianza. La tela es bien impactante, así que queremos hacer cortavientos, camisetas, ropa de verano y full sustentable”

Pero la principal innovación en materia de comercialización se dio con el ingreso a Amazon, donde actualmente tanto Hilana como La Palma están disponibles.

“A fines del año pasado entramos a Amazon y después de dar botes dos meses ya estamos con ventas diarias en EEUU. Partimos súper de a poco y ya estamos más afirmadas. En Chile la venta es estacional, y queremos consolidarnos en EE.UU. para evitar precisamente el factor de la estacionalidad. Lo que se deja de vender allá, se puede ofrecer acá. Entre octubre y diciembre es el período fuerte acá, y allá lo es entre abril y junio”, explica Francisca.

Medición de indicadores sostenibles

El compromiso de estas emprendedoras con el medio ambiente es claro y sus cifras son muy elocuentes. “La gente no dimensiona la cantidad de agua que se usa para la confección de ropa, porque son los tintes y los fijadores los que liquidan el agua que se usa, porque no se puede recuperar de ninguna manera. El fijador mata el agua, y entonces con la producción que hicimos ahorramos muchos millones de litros de agua”.

De acuerdo a sus cálculos, en la primera producción de Hilana reciclaron 1.295,16 kilos de residuos de algodón (retazos de producción), no utilizan electricidad ya que los telares funcionan con tracción humana (pedal) y mantienen tradiciones ancestrales vivas con materias primas innovadoras, como el algodón regenerado.

A su vez, con La Palma Eco-Beachwear, el impacto de la primera colección de trajes de baño permitió reciclar 1.962 kilos de botellas plásticas, equivalente a 6.233 botellas de tres litros. Además, la resina reciclada utiliza un 92% menos de energía que todo el proceso para fabricar el mismo producto con materias primas vírgenes, y el ahorro en energía para el planeta es equivalente al consumo de una población cercana a 100.000 habitantes.

Y este proyecto además tiene un destacable componente social, dado que actualmente se benefician en Colombia más de 2.800 personas desde la recolección de botellas hasta la fabricación de la fibra. En los centros de acopio se emplean en su mayoría madres cabeza de familia, desplazados y reinsertados.

Y para medir efectivamente esto ya empezaron a trabajar con Green Story, una empresa canadiense que calcula el impacto completo de cada producto en particular, más allá de lo que se recicló. Es decir, por ejemplo, cuánta electricidad se ahorró en el proceso o cuántas emisiones se redujeron al elegir un producto y no otro.